“Pintame de vede como vos” me dijo mi sobrina de dos años el otro día y a mi se me cayeron las babas.
Hoy, con mi hijo ya grande, tengo la oportunidad de disfrutar a pleno de mis sobrinos más pequeños.
Tenemos dos citas obligadas en la semana: los domingos en familia y los jueves, nuestra cita semanal para ir a la casa de la tía simplemente a jugar.
Conectar con niños realmente te transporta a otro mundo.
Su creatividad, su inocencia, su falta de prejuicios, su sinceridad, su capacidad de asombro es algo que te sorprende y te contagia.
A veces son monstruos debajo de la cama, otro día son zombis que me muerden y me paralizan, otra vuelta son los chanchitos y el lobo viene a derribarles la casa.
Son tan expresivos, tan cariñosos y cuando los veo siempre pienso lo mismo.
Pensar que todos fuimos así.
Que podíamos vivir con los demás sin estar juzgándolos.
Que peleábamos con un hermano o amigo y al rato ya estábamos jugando de nuevo.
Porque era mucho más importante compartir que cuidar un ego, que en ese momento por suerte, todavía no existe o no es tan protagonista en nuestras vidas.
Hoy estaba empezando a escribir este post y me llega la newsletter de Mario Antonio Puig hablando de ¿qué? De la importancia de la sonrisa. Chan dije, si que el universo está conectado.
Y cuando comparto con mis sobrinos, la sonrisa se instala en mi cara por horas.
Y cuando tengo un mal día, cuando algo no está saliendo como esperaba y noto ese malestar, acudo a los recuerdos de esos momentos, miro las fotos en el celular que reflejan esa inocencia y ese amor puro, y la sonrisa viene inmediatamente.
Quien tenga la suerte de tener niños cerca, sabrá de lo que estoy hablando.
Y a vos, ¿qué te saca una sonrisa?
¿Cómo haces para cambiar el chip cuando no estás bien?
