¿Qué hace que ante un hecho lo podamos tomar con tranquilidad o nos llenemos de bronca?
Lo que pensamos acerca de la actitud del otro.
Supongamos que estás jugando un partido de fútbol.
En un momento en el medio del juego alguien te da una patada en la pierna. Claramente te va a doler.
Ese es el hecho y la consecuencia normal: un golpe y un dolor físico.
A partir de ahí tu mente va a tomar uno de dos caminos.
Y va a tomar el camino más transitado, el que recorre habitualmente.
Camino 1: esa persona que te pegó es tu amigo, tu hermano. Es una de esas personas importantes y queridas para vos. Catalogada por tu mente como buena persona.
El dolor del golpe lo vas a tener igual, pero no te vas a enojar. Tu mente en milésimas de segundos va a analizar y te va a devolver la respuesta más sana. Fue sin querer, el fútbol es así, es un golpe de nada, etc. Dolor físico sin sufrimiento.
Camino 2: esa persona que te pegó no te cae bien. Puede que no lo conozcas mucho, pero algo no te cuadra. Puede que lo conozcas y tengas el preconcepto de que no te quiere, te tiene envidia, es mala persona, etc.
En ese caso es cuando te va a subir la lava desde las tripas, te vas a poner rojo de bronca y en algunos casos te podés ir a las manos porque sólo se lo querés devolver. En otros casos no le vas a querer pegar, pero te va a quedar la espina. A la espera de la oportunidad de devolvérsela.
Ahí ya tenés dolor físico y sufrimiento adicional por lo que estás pensando de la situación.
Esta escena trasladala a cualquier discusión, a cualquier actitud del otro que te genera bronca.
Siempre, siempre, siempre lo que nos genera ira, bronca no es el hecho en sí si no la intención que le ponemos.
Pensá en una de esas situaciones cotidianas. Con tu jefe, con un empleado, con tu mujer o tu marido, con alguno de tus hijos o un compañero de trabajo.
No es lo que hizo, es el cuento que nos contamos de porqué lo hizo.
Si le sacamos la intención, la cabeza no entra en ese bucle.
La próxima vez que te encuentres en un momento de bronca fíjate que cuento te estás contando.
Observá qué estás pensando del otro. Por qué lo hizo. Que intenciones le estás adjudicando. Y cambialas. Sacale la culpa. Justificalo. Entendelo.
Es el camino más corto para conseguir paz mental.
Agarrate in fraganti en medio de esos pensamientos y empezá a hacer el camino nuevo.
A medida que tu cabeza vaya usando cada vez más ese camino nuevo de sacarle la mala intención a la actitud de los demás, se va a volver el camino principal. Así funciona nuestra mente.
Y lo más maravilloso es que lo único que verdaderamente podemos manejar nosotros, son nuestros pensamientos.
Y no sólo vivís más tranquilo, mejoras ostensiblemente todas tus relaciones.
Entender que cada uno reacciona desde sus propias heridas te ayuda a sacarle la mala intención a los actos de los demás.
